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Ciclo Vital

septiembre 18, 2016

Autor: Juan Luis R. Tutor

Los 40ºC a la sombra de aquellas tardes de verano eran la excusa perfecta para no tener que salir a la calle más de lo necesario. Nos venía bien, a mis hermanos y a mí, que el astro rey apretase con fuerza cada día… tanto que nuestros padres no tenían más remedio que prohibir a sus adorables retoños deambular cual ‘guiri’ despistado que ha tenido la feliz ocurrencia de visitar una de las ciudades más calurosa de España en pleno mes de agosto.

Tanto tiempo libre veraniego sólo podíamos ocuparlo leyendo un buen libro de aventuras, viendo alguna telenovela de sobremesa o, el día con más suerte, dándonos un refrescante chapuzón en la piscina de la urbanización de algún amigo. A veces, añadíamos una tarea más a la lista de ‘cosas que hacer en verano’, la de estudiar para alguna asignatura que ese año se nos resistió más de la cuenta… Pero nada era comparable con pasar las tardes cargando nuevos juegos o metiendo algún listado en código máquina, pero, no adelantemos acontecimientos… Mejor que empecemos por el principio.

Uno de esos calurosos veranos, el de 1985, por casualidades de la vida, tuve que pasar unos días (inolvidables) como ‘okupa’ en casa de mis tíos. Allí, en el pueblo, la vida era algo distinta, y cualquier novedad se convertía en un acontecimiento nacional. Uno de mis primos “mayores” regresó del servicio militar y, entre todos, le preparamos una gran fiesta de bienvenida. Entre regalo y regalo, uno me llamó la atención sobremanera, una caja negra con la foto de un teclado llamado ZX Spectrum… PERSONAL COMPUTER, ponía en grande. ¿De verdad aquello era un ordenador?, ¿tan pequeño? Los IBM que veía en los bancos o en el Instituto de mi hermano mayor ni por asomo se parecían. Hasta ese día, mi experiencia más cercana con esos aparatos electrónicos era jugar al PONG en una Atari 2600 de un vecino que hacía ya unos años que se mudó a los Madriles, pero fue suficiente para que se inoculase el virus tecnológico de los videojuegos.

Cayó la noche y todos nos fuimos retirando poco a poco a casa. A pesar de que el sueño hacía acto de presencia, no podía dejar de darle vueltas a ese ordenador negro con teclas grises; quería verlo en funcionamiento, tocarlo, saber qué se podía hacer con él… No sé cuántas horas dormí aquella noche, pero seguro que fueron muy pocas. Apenas pegué ojo pensando cómo podía satisfacer tanta curiosidad.

Los primeros rayos de sol entraron por la ventana. Era la señal que necesitaba para ponerme en pie, desayunar rápido y hacerle una visita sorpresa a mi primo. Aún no tenía pensado una excusa convincente; la diferencia de edad era lo suficientemente importante como para que no existiesen unos intereses comunes. Aunque, nada más lejos de la realidad.

Llegué temprano, demasiado, supongo. Aún no había pasado “el lechero” y, por lo tanto, nadie había desayunado… A la vista de tal panorama, me dispuse a dar una vuelta por la plaza del Ayuntamiento para hacer algo de tiempo. Allí, junto a unas imponentes palmeras, estaba el Kiosco de Paco “El Revistas”, como le conocían todos. Compré unos chicles y aproveché para leer algunos comics de los muchos que tenía en uno de los laterales de su puesto. De repente, algo me hizo fijar la vista en la portada de una revista llamada Microhobby. Hablaba sobre el ZX Spectrum. Junto a ella, un par de números atrasados de la misma publicación… se ve que no se vendían mucho. Aprovechando que mis padres me dieron algo de dinero para mis gastos de aquellos días, saqué de mi bolsillo 100 pesetas y compré la revista. En ese instante pensé… ¡Ya tengo la coartada perfecta!

col-spectrum
Fuente fotografía: Blog La Mancha Negra

Abrimos la caja con mucho cuidado y lo montamos todo siguiendo al pie de la letra las instrucciones. El ZX Spectrum estaba listo para recibir órdenes. Intentamos cargar algunos programas del libro de Basic, pero nos costó más de la cuenta acostumbrarnos a las combinaciones de teclas para sacar aquellas instrucciones y gráficos… En honor a la verdad, aquella experiencia no resultó todo lo idílica que nos imaginábamos en un principio. Lo más que sacamos de aquel precioso aparato fue algún círculo, un par de puntos en la pantalla y alguna nota musical por el altavoz interno… Algo frustrante, lo reconozco, pero afortunadamente no nos dimos por vencidos.

Al día siguiente quisimos ir más allá. Nada de meter listados interminables con el teclado, llenos de errores, imposibles de hacerlos funcionar. ¡La clave para disfrutarlo en condiciones era cargarlos desde cinta! Pero, ¿cómo?, no teníamos ningún reproductor de cassette a mano. Así que decidimos acercarnos al mismo Bazar donde sus padres compraron el Spectrum. El amable vendedor nos recomendó un fantástico Computone para, acto seguido, facilitarnos los datos de un par de personas que también compraron el mismo ordenador meses atrás. No hace falta decir que en el pueblo prácticamente se conocían todos, por lo que no nos resultó muy difícil dar con aquellas personas. En pocos minutos nos bombardearon con más información de lo que hubiésemos averiguado en días. Incluso nos invitaban a entrar en casa para que contemplásemos los últimos juegos comprados en el Rastro de la ciudad el domingo anterior.

Nada volvió a ser lo mismo para nosotros.

Les cuento muchas veces historias como esta a mis hijos y trato de hacerles ver la importancia que puede tener que algo te marque así durante la infancia… no en vano, gracias a aquella experiencia llevo ganándome la vida como programador los últimos 20 años, y no hay un día que no recuerde con cariño aquellos inicios donde empezó todo.

La vida siguió su curso. Mis padres me regalaron al año siguiente el ansiado Spectrum y, cada vez que visitaba el pueblo, aprovechaba para intercambiar juegos con los amigos (ya eran legión, nada de los tres o cuatro valientes de un principio). El Spectrum era el centro de atención del día a día. En casa siempre había disputas para “reservar” hora en la televisión del salón. Las negociaciones eran intensas, un toma y daca de intercambio de “favores y tareas” y, ni hace falta decirlo, debíamos aprovechar al máximo aquel tiempo en el que nos dejaban sentarnos delante del ordenador a jugar, o hacer trabajos para el Colegio, según la versión oficial.😉

Mi primo se casó al poco tiempo, le destinaron al Norte. Sólo le volví a ver un par de navidades más y, tras casi dos décadas, de nuevo las pasadas navidades. En esas escasas ocasiones en las que hemos coincidido, nos hemos puesto al día de nuestras vidas y, cómo no, siempre echamos la vista atrás con cariño y comentamos aquellos inicios con nuestros ordenadores y lo que supuso posteriormente a nivel personal para cada uno de nosotros.

El tiempo, por definición, siempre avanza. Es imposible que se detenga y, como no puede ser de otra manera, dejamos atrás la infancia, luego la adolescencia, maduramos y, al formar una nueva familia, todo alcanza una nueva dimensión. Como de una montaña rusa se tratase, experimentamos momentos álgidos y otros más sosegados, donde el afán por revivir viejas experiencias hace que ardamos en deseos de desempolvar nuestros queridos aparatos que descansan el sueño de los justos en algún rincón olvidado del trastero. Con un poco de suerte, nuestro viejo amigo seguirá operativo, esperará nuestras órdenes y podremos satisfacer nuestra pizca de nostalgia echando una partidita a nuestro juego favorito. Respiramos hondo y lo volvemos a guardarlo todo con mucho mimo.

No todos hemos tenido la suerte de conservar hasta el día de hoy nuestro ordenador. Bien por avería, por falta de uso, porque ocupaba un sitio que necesitábamos para otras cosas, o bien porque no tuvimos la “visión” de lo que significaba aquella joya… tristemente, el Spectrum terminaba casi siempre en el contenedor de la basura, junto con los cassettes de juegos y demás revistas que fuimos acumulando a lo largo de los años.

Desgraciadamente, hoy día la nostalgia cotiza en Bolsa. Es un sentimiento que, para satisfacerla, necesita de una cartera con buen fondo. Desde hace unos años, cosas que sencillamente se tiraban, ahora pasan a venderse a precios desorbitados. Y parece que el afán especulador no tiene visos de acabar a corto plazo ¿Por qué?

Es significativo que, a medida que nos hacemos mayores y encontramos cierta estabilidad familiar, laboral o económica es cuando echamos la vista atrás y deseamos volver a tener en nuestro poder aquellos objetos que marcaron momentos importantes en nuestra vida. Ahora mismo, estamos en ese punto de la vida donde tenemos la capacidad o los medios para poder satisfacer estos “caprichos” y, este aumento de la demanda, es algo que no ha pasado desapercibido para algunos que quieren hacer caja con los sentimientos ajenos.

Mi primo, el del pueblo, ha sufrido también esta sinrazón del mercado en la que se compra para luego revenderlo más caro, o se le pone precio de consola nueva a algo que tiene más de 30 años y que, a efectos tecnico-prácticos, no tiene valor alguno, sino únicamente sentimental. Ha completado la familia Sinclair, desde el ZX80 hasta el +3, pasando por el QL. Se le resiste el Sam Coupé, pero los casi 1.000€ que piden en algunos sitios especializados hace imposible su compra. En nuestra última conversación, la fiebre, como él la llama, tuvo sus puntos álgidos tras casarse para, acto seguido, disminuir al poco tiempo con su primera hija. Ahí estamos, simplemente, en “otras cosas”, como bien dice. Una vez que los niños empiezan a ser más autónomos y a dejarnos algo más de tiempo libre, volvemos a las andadas y recuperamos nuestras viejas historias (es decir, otra vez nos entra fiebre de 40º).

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Él ahora está en horas bajas, ha llegado su primer nieto y todas estas historias vuelven a pasar a un segundo plano, ¿definitivamente?

Nuestros hijos no parecen tener ningún tipo de interés especial en estos sistemas retro (a nivel general). Esto, casi con total seguridad, morirá con nuestra generación. No hay vuelta atrás. Acostumbrados a la inmediatez de carga, los miles de polígonos por segundo a todo color, sonido 5.1, resoluciones HD… ¿qué interés podrían tener en usar tecnología tan anticuada? Sencillamente, en la mayoría de los casos, ninguna. Algunos hasta se echan alguna partida con tal de no defraudar al ilusionado padre; son todo amor estos críos.

Llegará el día en el que la oferta superará a la demanda y los precios bajarán e, incluso, con toda seguridad, nuestros hijos, los futuros potenciales compradores, sólo buscarán aquellas consolas con las que crecieron juntos, la PS3, Xbox 360, Nintendo DS… y no tendrán más remedio que pagar su peso en oro tal y como hacemos nosotros actualmente. Llegará el día en el que nuestros queridos ordenadores no causen ningún tipo de interés entre los compradores. Llegará el día, como digo, en que todo esto acabe para nosotros, pero empezará para una nueva generación de compradores que gocen de la tal ansiada estabilidad laboral/familiar/económica y comiencen a recuperar sus añoradas joyas de la infancia.

Y se completará el círculo. Y así, una y otra vez.

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  1. davidcm permalink
    septiembre 18, 2016 1:06 pm

    Esta historia es parecida a la de muchos, entre los que me incluyo. Como en tu caso, mi primer contacto con este mundo fue usando un ZX de otra persona (en mi caso un compañero de colegio), y yo tardé algún tiempo en tener mi propio micro (un CPC). También coincide en ser el motivo principal de que a día de hoy sea programador.

    Las nuevas generaciones no creo que lleguen a vivir esto ni siquiera con sus dispositivos contemporáneos, ya que la mayoría de consolas a día de hoy dependen de estar conectadas a servidores que en el futuro probablemente dejen de estar disponibles. En lo que no estoy tan deacuerdo es en que no sean capaces de apreciar lo retro igual que un juego con un gritón de polígonos que tarda nada y menos en cargar. Los jugadores de hoy juegan a juegos, no les importan los soportes ni los dispositivos. En mi casa un Pokémon de GBA, un Snowbros de arcade o un Alex Kidd In Miracle World están a la misma altura que un Titanfall, el último FIFA o The Last Of Us. Hoy ya no hay interés en competir por la mejor plataforma, la velocidad a la que se mueven las cosas les llevan únicamente al interés de divertirse, que desde mi punto de vista es totalmente lícito. Lo que es cierto es que aunque jueguen a algo retro no tienen apego al hardware de la época, pero eso es normal porque para ellos no significan nada a nivel emocional.

    Lo que hemos vivido nosotros no es la evolución de algo asentado. Nosotros hemos vivido los albores, hemos sido pioneros, caminado por senderos por los que nadie había pasado antes, descubriendo cosas como el 3D, la música ingame, las mecánicas de juego de todo tipo, las curvas de dificultad, etc. que hoy se dan por hechas, forman parte del estándar de facto, pero para nosotros fueron novedad en algún momento.

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